De la obsesión por la estabilidad económica a la obsesión por el crecimiento dinámico con estabilidad

Para acelerar y mantener el paso de la economía conservando la estabilidad macroeconómica, es preciso definir una auténtica estrategia de desarrollo e industrialización, con rumbo, objetivos e instrumentos precisos y eficaces. Sin ella, nuestra economía seguirá a flote, pero con paso lento y crecientes rezagos.

El diagnóstico no admite dudas. Frente al lento crecimiento económico mostrado por la economía y la actividad industrial en las últimas tres décadas y tomando en cuenta los cambios y tendencias que dominan el entorno internacional, México debe abrir una fase novedosa para su desarrollo, a partir de una clara y sólida política industrial que nos permita elevar la competitividad del sector fabril, innovar, conservar y ampliar las fuentes de empleo en el sector formal de la economía.

En los últimos 30 años, nuestra economía no ha crecido lo suficiente para asegurar la condición de prosperidad que anhelan los mexicanos.

Los industriales estamos comprometidos con el bienestar y desarrollo de nuestro país y convencidos de que México, sus trabajadores, empresarios y la sociedad en general, merecemos un futuro de estabilidad y prosperidad.

El desarrollo económico y social depende de nuestras capacidades productivas y la creación y distribución de riqueza está indisolublemente vinculada a la operación de las empresas públicas y privadas.

No puede haber desarrollo sin unidades productivas financieramente viables y competitivas para retener y generar más y mejores empleos formales. Para lograr un crecimiento dinámico y competitivo, debemos impulsar la inversión productiva.

¿Cómo lograrlo? No es una tarea sencilla ni de corto plazo, sobre todo en un momento marcado por una intensa competencia internacional y el resurgimiento del proteccionismo. Sin embargo, el mejor camino para conseguirlo es aquel que nos conduce al fortalecimiento de las capacidades productivas internas.

La industria en México genera el 35% de la producción nacional de bienes y servicios, medida a través del PIB, y el 42% del empleo formal. Además y de acuerdo con cifras del IMSS, la remuneración promedio en el sector supera a la media nacional y equivale a 3.5 veces el salario mínimo. En algunos de los sectores escala hasta ocho veces el mínimo.

Por eso vemos con inquietud que más allá de los casos de algunas ramas exitosas, la industria en general atraviesa por un periodo de enormes desafíos. Sólo en 2017, la producción industrial aumentó 0.6%, cifra distante de lo que podemos y debemos alcanzar.

¿Qué proponemos en el sector industrial? En nuestro planteamiento de Política Industrial Globalmente Productiva, Competitiva e Incluyente de CONCAMIN, identificamos cinco líneas estratégicas.

Primera, crecimiento económico y productividad: establecer como objetivo acelerar el crecimiento del PIB, para pasar del 2.3 al 5% anual en función de una competitividad industrial sistémica.

Segunda, política industrial de Estado: definir y alinear objetivos, normas, políticas, estrategias y recursos encaminados al fomento, desde la administración pública, del sector industrial del país. Entre otras acciones se contempla:

a. Generar programas de desarrollo industrial a nivel sectorial y regional.

b. Elevar las compras e inversiones de gobierno con contenido nacional a, por lo menos, un 50% en promedio (sin contar la parte laboral).

c. Incrementar el contenido nacional de las exportaciones, para pasar del 30 al 40% en los siguientes seis años.

d. Aumentar las capacidades productivas de las Pymes y fomentar la creación de empresas proveedoras de insumos intermedios y bienes de capital.

e. Acelerar las Zonas Económicas Especiales, con perfil industrial.

f. Lograr un incremento sostenido del salario.

g. Crear la Alianza por la Educación Industrial para la Integración Social y el Desarrollo Competitivo de México.

h. Crear el Instituto de Desarrollo y Transferencia Tecnológica, Innovación e Ingeniería en Manufactura.

Tercera, financiamiento: para contar con un brazo financiero que promueva el desarrollo industrial, se propone la creación de una Banca de Desarrollo Industrial que dé viabilidad al padrón de proyectos industriales estratégicos de inversión.

Cuarta, sector manufacturero: transitar a la transformación y generación de valor agregado. Se agotó el beneficio de los bajos costos laborales y la ubicación geográfica.

La Cuarta Revolución Industrial, la robotización y la automatización han creado nuevos diferenciales productivos en las naciones asiáticas con las que México compite. Por ello, debemos promover la inversión privada en manufacturas, hasta alcanzar por lo menos un 15% como proporción del PIB para el 2030.

Quinta, mejora regulatoria: reducir, en seis años, el costo de la carga regulatoria del actual 3.5 a 2% del PIB e instrumentar una política económica que garantice “suelo parejo” a las empresas mexicanas respecto de los beneficios que contienen las importaciones y maquiladoras.

México no puede aspirar al desarrollo incluyente sin empresas financieramente viables y competitivas. Alcanzar un crecimiento dinámico y competitivo sólo será posible a partir del impulso a la inversión productiva, pues de ella depende, entre otras cosas, la creación de más y mejores empleos formales.

Pese a la evidencia disponible todavía hay quienes consideran que es un error instrumentar una política industrial. Siguen pensando que basta la apertura comercial para impulsar la competitividad y modernización de la planta industrial. El costo social y económico por la ausencia de una auténtica estrategia industrial es y seguirá siendo elevado.

Los países desarrollados, antes catalogados como industrializados, y las naciones emergentes más exitosas, han logrado dicho estatus gracias, entre otras cosas, a que aplicaron activas políticas industriales. Alemania, Francia, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Singapur y Taiwán, son ejemplos evidentes.

Su desarrollo ha sido guiado por una profunda colaboración público-privada-académica, a partir de metas precisas y resultados tangibles: crecimiento económico, mayor valor agregado nacional, creación de empleo formal, fortalecimiento de su base empresarial y fomento a la innovación tecnológica, todo ello orientado hacia el bienestar social sobre bases productivas.

Lo anterior se encuentra asociado a la convicción de la CONCAMIN respecto a la orientación de la política económica de la próxima Administración. Estamos convencidos que es hora de pasar de la obsesión por la estabilización macroeconómica a la obsesión por el crecimiento económico socialmente incluyente.

¿Cómo lograrlo? A través de un programa de política industrial moderno, basado en el incremento tanto de la innovación tecnológica como de la inversión productiva, pública y privada.

De inicio y a nivel macroeconómico, para los industriales algunos de los rasgos que deben guiar cualquier programa de desarrollo son: ser socialmente incluyente; orientar el paso de la obsesión por la estabilidad macroeconómica de las últimas tres décadas a otra, nueva, una obsesión por el crecimiento económico a partir de la inversión productiva; y propiciar la creación de empleo formal bien remunerado.

Por: Francisco Cervantes Díaz
Presidente de CONCAMIN

 

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.