La Generación de la Ruptura

El arte en sí mismo es una permanente búsqueda de lo emotivo y la exacerbación de los sentidos, sí, pero también representa pensamiento, diálogo y cuestión. A lo largo de la historia lo artístico ha venido a ocupar un sitio privilegiado en la cultura humana, pues en sus obras se integran, de mejor manera, las grandes transformaciones de una sociedad. Las obras de arte, a la distancia histórica, contribuyen con una objetividad necesaria para tender los puentes de regreso que nos permitan analizar las circunstancias, el momento, las ocasiones con sus causas y efectos, hacer historia del arte y al mismo tiempo de la humanidad.

Aún existen quienes piensan que hacer y gustar del arte es una manera refinada y culta de percibir la existencia cuando, en realidad, es una de las más antiguas, habituales e inmediatas de todas ellas. Todas las manifestaciones de lo que hemos dado por llamar arte son comunes al hombre desde el inicio de sus tiempos.

Si queremos mejorar a una sociedad primero debemos comprenderla, y suponer hacerlo desde un solo aspecto haría dudar de lo efectivo de nuestra intención. Al ser todos elementos de una sociedad y nación los aspectos productivos, comerciales, laborales, culturales, educativos, etcétera, están indisolublemente vinculados.

La Generación de la Ruptura es uno de los hitos de la cultura mexicana que representó, como su nombre lo indica, una nueva corriente en la creación plástica nacional a partir de la década de los cincuenta del siglo XX; reflejo del pensamiento de la época supone un cambio sustancial en el arte mexicano: de perspectivas y objetivos, propuestas temáticas, tratamientos, materiales y discursos. Es, por decirlo de alguna manera, la gran y última reforma estructural de nuestro arte, ya que después o precisamente por ella dejó de tener una identidad monolítica.

Al igual que en otros ámbitos de la vida nacional, la pintura mexicana de los cuarenta y cincuenta (un par de décadas después que en Europa o EU) se abrió al mundo, experimentando y adaptando otras corrientes plásticas para ser incorporadas en sus obras. La Revolución Mexicana y los primeros años de un desarrollo productivo prometedor dieron confianza a la sociedad y también se traslada esa búsqueda de identidad nacional a las expresiones artísticas, propias e independientes; la intensidad del flujo cultural entre México y el exterior provocó que nuestros creadores ya no buscaran imitar a los europeos sino, bien o mal, comenzar a dialogar.

El Muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura, que dieron identidad a la expresión mexicana de la primera parte del siglo pasado y cumplieron su cometido histórico con grandes expresiones como las populares de Orozco, Siqueiros y Rivera, pero también de Gerardo Murillo (Dr. Atl) o Juan O´Gorman, prácticamente monopolizaron lo que en el extranjero se sabía del arte mexicano, y hasta lo que los mismos mexicanos debían entender como nuestro arte.

Así, en plena mitad del siglo irrumpió en la vida pública del país aquél enfant terrible llamado José Luis Cuevas, un joven insolente y descarado, ególatra y provocador, para algunos con obras de dudosa calidad artística, que con sus obras y textos como La Cortina del Nopal comenzó a patear las pantorrillas de los grandes maestros del arte mexicano, rechazar lo folklórico de las expresiones nacionales y dar voz a una generación tal vez con muy poco en común, más que el desapego al arte institucional y los temas de la postrevolución.

Hay quienes acusan, con argumentos válidos, que La Generación de la Ruptura sólo fue un acto propagandístico de su promotor en beneficio de su obra personal, que las obras de esta generación tienen pocos vasos comunicantes e incluso que los manifiestos de Cuevas eran escritos por alguien más con la firme intención de detener el avance del comunismo; él nunca lo negó, “me conformo con decir lo que siento que es, sin lugar a dudas, el mismo sentir de otros individuos”, y vaya que lo señaló en voz alta y continua, a tal grado y con tal pasión que llegó a afirmar, a la manera de Dalí con los surrealistas veinte años atrás, “la Ruptura soy yo”.

Como fuera, La Generación de la Ruptura ha quedado en la historia del arte mexicano como una de sus grandes transformaciones. Otros artistas relacionados con esta corriente son Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Roger von Gunten, Alberto Gironella y Pedro Coronel, quienes junto a Cuevas de alguna manera formaban un grupo. Sin ser señalados directamente a ellos, el trabajo de Juan Soriano y Rufino Tamayo también es considerado como disruptivo, signo de aquellos tiempos.

El principal objetivo de los artistas de La Generación de la Ruptura era romper con el arte oficial, izquierdista y revolucionario de los muralistas, un arte político y activista que dejaba muy poco margen de acción o propuesta, para en cambio ofrecer una gama distinta de temas y objetos artísticos tan variados como cosmopolitas; las obras de la Generación de la Ruptura podrían caracterizarse por incorporar ciertos grados de abstracción, el uso de diversos formatos y materiales o temas que van desde lo psicológico hasta lo social y dejar a un lado el nacionalismo exacerbado y la obsesión por lo mexicano que caracterizaba a los muralistas.

Se dice que Manuel Felguérez afirmó alguna vez, a propósito de La Generación de la Ruptura que “nunca fuimos un grupo estético; nuestra intención era la autenticidad, teníamos que crear un estilo propio”. Y así lo hacían, pues poco tiene que ver su propia obra con la de Cuevas o Gironella, por ejemplo.

CONCAMIN cuenta en su acervo cultural una obra de este periodo, La Invención Destructiva, realizada por Manuel Felguérez en el año 1964 por encargo del entonces Presidente de CONCAMIN, Juan Sánchez Navarro, la cual desde hace años se encuentra ubicada en el octavo piso del edificio de la Confederación, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México.

Hoy, en el inicio de las celebraciones por los primeros cien años de CONCAMIN, y a poco más de medio siglo de elaborada, La Invención Destructiva mantiene una importancia capital en la historia del arte mexicano, al ser una pieza representativa de aquellos tiempos.

Compuesta con materiales poco tradicionales para una representación plástica, esta obra manipula partes de maquinarias para crear una obra mural de belleza plástica y armonía, pero también con una propuesta discursiva, un claro cuestionamiento al progreso al deconstruir la máquina de su objetivo utilitarista y dirigirla hacia uno más subjetivo y abierto al diálogo con el espectador.

Años atrás y con directa influencia del futurismo italiano de Marinetti, aquí mismo los estridentistas con Germán Liszt Arzubide, Manuel Maples Arce, Germán Cueto, Ramón Alva de la Canal y otros ya habían privilegiado a las máquinas y lo industrial como un objeto del arte mexicano, protagonizando con ellas sus pinturas o historias, pero esto será motivo de otra ocasión.

Por Juan Torres Velázquez
Director de Comunicación de CONCAMIN
yotencatl69@hotmail.com

 

 

 

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