Las redes sociales, poderosamente seductoras

He visto la ira de otros al leer lo que escriben. He visto su euforia. He visto su sonrisa y su gesto inconforme. Me asomo con frecuencia al universo de las redes sociales o mejor dicho, me dejo atrapar por “la red” como una forma de estar, la red es una ciudad donde entramos para participar de la transparencia. Si la distancia supone un muro que hace invisibles a todos, ahora la palabra escrita en una plataforma inmediata y de largo alcance, abre la posibilidad de exponernos. Probablemente esa forma de decir sin dar la cara -aun expuesto el nombre- y la potencial posibilidad de llegar a tantos tan pronto, se convierte en un factor poderosamente seductor ante el que sucumbimos muchos.

Usamos la palabra con la destreza que nos otorga la experiencia de haber aprendido el lenguaje desde niños, somos parte de una generación que escribe lo que antes sólo hablaba, probablemente ahora muchos escriben tanto como en ninguna otra época de la historia de la humanidad. La velocidad con que hacemos llegar un texto, sólo es aterradoramente veloz, de acuerdo con una empresa de análisis de datos, cada 60 segundos, se comparten 2.4 millones de contenidos en Facebook, incomparables los segundos que implica este ejercicio de comunicación con los diez días en promedio que aún requiere el correo tradicional, para hacer llegar la palabra escrita de Europa a América. Hace tan sólo unos años era la única forma posible de transportar las palabras que se escriben para ser leídas.

Somos una sociedad que cada vez escribe y lee más para comunicarse. ¿Cuánto de nosotros, antes de la existencia de las redes, se quedaba dentro? Pregunta pertinente ante la infinidad de temas expuestos en Facebook o Twitter, que revelan la insuficiencia de tiempo y entorno adecuado de pláticas de café o conversaciones cotidianas, para decir tanto como se dice ahora. En el universo de la red se expone lo que se piensa y lo que se siente, un escenario propicio para descubrirnos ante todos y descubrir a los otros, además de descubrir un aspecto más, quizá el más importante: la comunicación es una necesidad que hasta hace poco, como tal, pasaba inadvertida, no obstante su existencia desde siempre.

Parte de la esencia del género humano impone la necesidad de compartir, un impulso absolutamente natural hace que sintamos la necesidad de que otros sepan qué siento, qué pienso, quién soy, esa característica humana engrandece el arte, no hay artista que produzca obra para ocultarla, las realizaciones se exponen, la comunicación hace posible que cumplamos con ese rito natural del humano.

Sin embargo, hay quien aun inmerso en esta dinámica se distingue, porque ha elegido vivir de comunicar y no sólo hay quien vive de la comunicación sino quien ha dado la vida por comunicar, vaya desde aquí el recuerdo y homenaje a los periodistas que en últimos meses han sido asesinados, ellos señalaron con la mirilla del abecedario, acciones malsanas y cazaron consciencias que se sintieron incómodas, tanto que decidieron apagar la vida de quienes alumbraron con la palabra entornos oscuros. En medio de la tragedia, la esperanza, la muerte violenta de un comunicador a causa de lo que escribe, además de cimbrar por la bárbara injusticia, debe encender la atención de todos para recordar que es un tremendo testimonio de la fuerza de la palabra, instrumento básico para generar entendimiento y que en función de su uso inteligente, promete efectos contundentes. Ahora podemos hablar de una cultura de la comunicación que no estaba muy expuesta y sin embargo ahí ha estado siempre.

Hasta siempre al poeta Raúl Renán

Un par de horas antes de escribir este texto, por Whatsapp, en un mensaje, no escrito sino grabado, la colaboradora más cercana del poeta Raúl Renán, Norma Salazar, me informó que el maestro había fallecido a las 4 de la mañana.

Lo entrevisté la tarde del domingo 15 de marzo de 2009 en la explanada del Palacio de Bellas Artes, durante su participación en un homenaje a Jaime Sabines. Fecha inolvidable, el poeta accedió a decirme algunas palabras, un día después falleció mi padre. Ahora, la partida del poeta yucateco ocurrió justo el día del cumpleaños de mi hermano.

El recuento biográfico destaca su libro Viajero de sí mismo, haber recibido la Medalla de Yucatán y ser creador emérito. Sin embargo, el gran mérito de Raúl Renán es haber sido guía motivador de muchos poetas en ciernes.

Queda su obra para descubrirla o reencontrarla y recordar que fue un vigoroso joven aun en la octava década de su vida que se quedó en el filo de los 89 años, deseoso de cumplir 90.

Una vez le pedí leyera unos poemas míos y no sólo aceptó, sino que me obsequió un prólogo que diagnostica la naturaleza de mis escritos. A partir de entonces una amistad a distancia, repleta de palabras fraternas, felicitaciones constantes por Twitter y una de sus últimas frases…”eres mi muchacho y siempre lo serás”, mi agradecimiento infinito a mi maestro generoso. Raúl Renán, el recuerdo de un amigo inolvidable.

Cuando este texto encuentre la luz de la lectura, la exposición de Picasso y Rivera en el Palacio de Bellas Artes irá viento en popa. Dos datos para tomar en cuenta. Picasso pintó su primera obra cubista en 1906, Rivera hizo lo propio hasta 1912, sin embargo, llegó primero a la expresión mural, arte al que arribó Picasso años después al pintar Guernica. Ambos, referentes del arte del siglo XX, en un diálogo que expone algunas obras por primera vez fuera de los museos que las resguardan. Los invito a seguirme en migueldelacruzcultura.com , en mi canal de YouTube y suscribirse en http://www.youtube.com/c/MiguelDelacruzcultura

Por Miguel de la Cruz
Especialista en Cultura

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