COVID-19. Una aproximación geopolítica

“Hoy en día, entender lo que pasa es una tarea más revolucionaria que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables.” Daniel Innerarity, 2018

I. La pandemia y su similar española

a) Todo lo establecido se desmorona

El 4 de marzo de 1918, en el marco de un mundo convulsionando por la primera guerra mundial, que había iniciado cuatro años antes y justo terminaría nueve meses después, la aparición de la gripe española se presentó como un jinete más de un apocalipsis que a la sociedad de la época la llevo a pensar en “el desplome de la humanidad en la obscuridad de la angustia”; que contribuyó con cerca de 40 millones de muertos a una conflagración que tampoco escatimó en su afán de destrucción con un número aproximado de 30 millones de pérdidas humanas.

Lamentablemente, como se sabe, el difícil escenario de la primera mitad del siglo XX no terminaría con estos sucesos. Nueve años después de concluida la fiebre o influenza española (1918-1920), registrada por primera vez en el Estado de Kansas, Estados Unidos, la economía mundial no pudo más con la administración de sus contradicciones y en octubre de 1929 dio inicio una hecatombe económica que como la propia gripe, se fue esparciendo poco a poco a la mayoría de los países de la época durante un primer periodo que duró 5 años (1929-1933), y que en una nueva etapa se transformó en una segunda contienda bélica a través de una de las guerras más oprobiosas del ser humano.

En un periodo de tan solo 35 años, una sociedad global distraída, en sus debilidades de siempre, fue protagonista y testigo de cómo transitaron frente a ella alrededor de 140 millones de víctimas: 100 millones por causa directa e indirecta de su beligerancia y 40 millones debido a la pandemia.

Evidentemente la fiebre española no fue la causa del holocausto bélico, pero no cabe duda de que su terrible impacto, sumado al caos global que le antecedió y acompañó a lo largo de su manifestación, fueron la razón tanto de la falta de respuesta oportuna a la enfermedad desde sus primeros síntomas (antes de marzo de 1918 y durante su manifestación hasta 1920 e incluso 19216), como de los hechos que se desencadenaron después.

La enfermedad española se presenta en la segunda década del siglo XX en un momento en que el orden establecido se desmoronaba de manera precipitada. Como apuntaba Gramsci, lo nuevo no acababa de nacer y lo viejo no terminaba de morir.

Occidente debatía desde fines del siglo XIX el nacimiento de una nueva hegemonía frente al paulatino debilitamiento del Reino Unido en relación con el fortalecimiento de otros actores globales. Los espasmos de una revolución industrial que había cumplido con su cometido y ahora dejaba espacio al surgimiento de una segunda edición liderada por el fordismo americano, competía en el continente europeo con un resabio de liderazgos históricos no resueltos entre Alemania, Rusia, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos.

Junto con el cambio industrial y el debate de las hegemonías, aparecía un modelo económico liberal agotado debido a su excesiva explotación social, lo cual llevó a Keynes a señalar que “El decadente capitalismo, internacional pero individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra, no es un éxito. Ni es inteligente. No es bello. No es justo. No es virtuoso. Y no satisface las necesidades”. Por su parte Friedman agregaba, “El único fallo innegable de la economía mundial durante las décadas que precedieron a 1914 es que fue incapaz de evitar- y de hecho puede que propiciara-lo que vino tras ella”.

Una pugna occidental en busca del liderazgo geopolítico y geoeconómico del siglo XX, en el marco de la segunda revolución industrial. Un modelo liberal depredador que aprovechó la apertura del mercado internacional para exacerbar el rendimiento de sus utilidades y la explotación laboral, fueron el telón de fondo de una pandemia que, sin ser nunca bienvenida, brotó en uno de los momentos más álgidos de la historia de la humanidad.
La gran depresión de 1929 no fue más que la consecuencia lógica al desprecio que una nueva sociedad industrial hacía su porvenir.

La gran depresión económica de la primera mitad del siglo XX no perdonó a nadie. De una manera u otra fue la causa de la crisis económica, política y social de cada una de las naciones de la época.

La producción industrial global colapsó, llegando en algunos casos a una disminución del 50%. El empleo cayó en crisis generando un 25% de desempleo mundial. El comercio en el mundo declinó hasta menos 70% en su etapa más álgida. Muchos de los bancos centrales quebraron y la banca que existía en Estados Unidos en 1929 desapareció en un 50%. Los precios de las materias primarias se desfondaron y el proteccionismo comercial en la mayoría de los países regresó a niveles del mercantilismo, encabezado por el proteccionismo desaforado de los Estados Unidos.

Sin embargo, al final del caos y muy probablemente a causa de él, surgió una etapa de renovación donde la sociedad de mitad de siglo se dio la oportunidad de repensar su futuro bajo una nueva identidad global, tal vez inevitable, que la comprometía desde ese momento con un porvenir comunitario, significado de retos y soluciones comunes.

En cuanto a un nuevo orden internacional, bajo el consenso de Bretton Woods surgió desde 1944 una institucionalidad de naturaleza inédita, que sin ser perfecta dio orden y sentido al acontecer económico y comercial de la segunda mitad del siglo XX, en un ejercicio virtuoso donde a través de un capitalismo más humano se demostró frente a todos los pronósticos que la integración global, el desarrollo económico, el intercambio comercial y el compromiso social eran posibles. Bajo esta nueva inspiración la economía del mundo creció alrededor del 5% anual promedio de 1950 a 1974, de igual modo que el comercio lo hizo en 7.4% anual promedio.

El orden político tampoco estuvo ausente en el diseño de este nuevo edificio de lo global, y en un profundo mar de transformaciones, de ismos de derecha e izquierda; de capitalismos furibundos y comunismos y movimientos sociales, el cambio aterrizó en buena medida en democracias sociales, en estados de bienestar y en estados de Derecho más puntuales que privilegiaron entre otros el imperio de la ley, la democracia representativa y la institucionalización de los derechos humanos.

Del fin de la civilización occidental que presagiara Lewis Douglas en lo más negro de la crisis del siglo XX, la humanidad tomó la oportunidad de reinventarse y continuar con la utopía de un mejor mundo posible. A mediados del siglo pasado, después de la etapa más angustiante en la vida del ser humano, este optó por dejar de ser tribu para convertirse en una sociedad global.

• De la tragedia a la farsa

Señalaba Marx en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte que, aunque la historia puede repetirse, si lo hace una primera vez es una tragedia, pero si incurre en un segundo fallo se presenta como farsa.
El COVID-19 que surge en 2020 a casi cien años de su similar la gripe española, como esta última, aparece producto de una desafortunada espontaneidad de una virosfera de millones de millones de agentes patógenos que está lejos todavía, a pesar de los alcances científicos logrados, de ser controlada por el hombre. Por ello, la trágica presencia del COVID-19 no ha sido la primera ni será la última pandemia de la humanidad. Sin embargo, lo que la sociedad global de la tercera década del siglo XXI no puede permitirse, en una edición ridícula y grotesca de la historia, es que después de la crisis de 2008 y la pandemia actual en expansión, al final de esta se presenten derrumbes económicos y geopolíticos del nivel o parecidos a los que se sucedieron en el siglo pasado.

Lamentablemente, a pesar del tiempo trascurrido y de los éxitos globales de postguerra, los instrumentos económicos y políticos que dan marco a la pandemia de 2020 están lejos de ser diferentes a sus referentes del siglo anterior. Los andamios del siglo XXI, en plena construcción, lucen insuficientes y desencajados, sobre lo cual comenta Hobsbawn, “Política, partidos, periódicos, organizaciones, asambleas representativas, Estados: nada funciona en el mundo como funcionaba antes y se suponía que tenía que seguir funcionando aún durante mucho tiempo”. -A lo que agrega – “El futuro de todas estas cosas es incierto”.

En lo hegemónico, al igual que en el pasado, los cimientos que sostenían el orden internacional se vienen cuestionando desde finales del siglo XX a causa de un debilitamiento cada vez más evidente del liderazgo de Estados Unidos, lo cual ha originado múltiples vacíos y un desorden mundial que son aprovechados por las potencias en ascenso. Richard Haass define al respecto: Una de las evidencias de la presente crisis (COVID-19), ha sido la marcada falta de liderazgo de los Estados Unidos.

A inicios de la tercera década del presente siglo, se vive con plenitud la confrontación de los liderazgos geopolíticos y geoeconómicos que a diferencia de sus ediciones anteriores, no solo se sucede entre dos potencias económicas: China y Estados Unidos, o dos regiones: Asia del Este y Occidente, sino que también compromete a dos cosmogonías diversas, las cuales yendo más allá de la competencia tradicional de los PIBs y las balanzas comerciales, elevan el disenso a un terreno de competencia más amplio y complejo de culturas y etnicidades, de modelos económicos y políticos; donde incluso la estrategia y la cultura de cómo enfrentar la pandemia de 2020 no ha estado ausente.

En la parte económica, como al final del siglo XIX y principios del XX, la versión capitalista neoliberal que substituyó al capitalismo social de postguerra, luce débil y llena de contradicciones, donde el 1% de la población mundial controla el 50% del PIB y un 10% el 90 % de la riqueza mundial. Donde en materia de desempleo también se presentan escenarios nada positivos al proyectarse un número de dos mil millones de personas sin empleo para el 2030 en caso de persistir en los paradigmas económicos vigentes. Aparecen también abultados pasivos en temas del crecimiento, desigualdad, actividad informal y como lo ha demostrado el COVID-19, en materia de salud en la mayoría de los países, incluyendo a los desarrollados.

Como lo señalan Rodrik, Krugman, Stiglitz, Sachs, Mazucatto, entre muchos otros, la economía global sigue anclada en su versión neoliberal y sus prescripciones habituales- siempre más mercado, siempre menos Estado- lo cual ha derivado en una perversión de la ciencia económica. Al respecto Berggruen y Gardels agregan, “Después de siglos de ímpetu progresivo alimentado por la confianza interna en su civilización, el endeudamiento, los bloqueos políticos, la vacilación y una legitimidad cada vez más desgastada, están paralizando la capacidad de administrar el cambio que tiene la democracia liberal y las economías de libre mercado”.

En tiempos de COVID-19 Naomi Klein denuncia: “El neoliberalismo es un modelo económico empapado en sangre. Y ahora la gente empieza a darse cuenta; porque encienden la televisión y ven a los comentaristas y políticos diciéndoles que tal vez deberían sacrificar a sus abuelos para que los precios de las acciones puedan subir… y la gente se pregunta:

¿Qué tipo de sistema es este?”. Agregando a manera de síntesis, “El gran triunfo del neoliberalismo ha sido convencernos de que no hay otra alternativa”.

Evidentemente el debate de la crisis del neoliberalismo y sus nuevas alternativas es un tema global, que rebasa con mucho las pretensiones locales de la realidad mexicana.

Los pasivos políticos no son mejores. En lo general, desde el inicio del siglo, Occidente padece un déficit generalizado de democracia que preocupa a una buena parte de la sociedad global y del que Levitsky y Ziblatt sintetizan “…Si bien la idea de una recesión democrática mundial era en gran medida una leyenda antes de 2016, la presidencia de Trump, junto con la crisis de la Unión Europea, el auge de China y la creciente agresividad de Rusia podrían contribuir a hacerla realidad.” Moyo abunda que a principios de 2014 aproximadamente la mitad de las economías del mundo (65 de 150) presentaban altos o muy altos niveles de riesgo de estabilidad social y política, causados por un sentimiento común de enojo e impotencia respecto a los desmedidos niveles de corrupción de las élites políticas, pero sobre todo por su incapacidad de generar crecimiento económico.

Toda esta inestabilidad y asignaturas pendientes, como en el siglo pasado, se suceden dentro de un disruptivo marco de cambio tecnológico, donde la Tercera Revolución Industrial está dando paso a lo que será la Primera Revolución Digital, en donde la industria 4.0 y la tecnológica 5G estarán determinando el orden geopolítico, económico y social de un mundo nuevo.

La crisis global que se vive de manera progresiva desde el inicio del presente siglo evidentemente no nace con el COVID-19. Como en el siglo XX, su presencia se incrusta de manera fortuita y desafortunada dentro de un proceso de desgaste mundial de grandes proporciones, en el que el orden establecido está dejando de funcionar adecuadamente y su nuevo andamiaje se debate entre lo que está dejando de ser y lo que va surgiendo lentamente.

La epidemia del COVID-19, en el marco de su tragedia, se presenta entonces como un faro que ilumina y desviste las carencias de una sociedad global llena de contradicciones y huérfana de rumbo; carente de organismos internacionales competentes y de jefes de Estado que no solo estén a la altura de las demandas de una histórica crisis de la salud, sino también con los pasivos y las necesidades de un tiempo nuevo; de ahí que Kissinger aclare que el desafío actual para los líderes del mundo no es solo resolver la crisis de la pandemia , sino junto con ello, la construcción del futuro. Si no se hace así, advierte, el fracaso podría incendiar al mundo.

El COVID-19 evidencia también en su magnitud una serie de debates inconclusos que permanecen aún anclados en su etapa de negación; como, por ejemplo, el cambio de era del Atlántico al Pacífico; el choque de civilizaciones entre el totalitarismo confuciano y el liberalismo occidental; el cambio climático; la crisis energética y su transformación; la crisis del capitalismo y el agotamiento de su versión neoliberal; el déficit democrático y su insuficiencia política y económica, entre otros, lo cual ha motivado la multiplicación de una sociedad indignada e insatisfecha, preocupada por su presente y angustiada de su porvenir. Como lo apunta el filósofo francés Edgar Morin en el marco de la pandemia: “Vivimos en un mundo incierto y trágico”.
No cabe duda de que para la sociedad global de nuestro tiempo el COVID-19 marcará un antes y un después en la hoja de vida. La universal amenaza de su presencia y sus efectos serán una experiencia inédita que acompañará a la generación del 2020.

Sin embargo, a pesar del daño que dejará a su paso, de un modo o de otro la epidemia terminará como su similar española, en 2020 o 2021. No obstante, como apunta Kissinger, el orden mundial habrá quedado alterado para siempre, tanto por la fuerza de su impacto como por la debilidad económica y política de un mundo en transformación.

De la tragedia a la farsa, la sociedad global transita repitiendo su historia sin que a veces parezca que sea un buen alumno. A pesar de ello, tampoco sería justo negar que esa misma sociedad da elementos para la esperanza.

El siglo XXI, a pesar de sus coincidencias con siglos anteriores, se presenta como una nueva época llena de retos inéditos que pondrán a prueba la propia sobrevivencia del ser humano. En este sentido, la pandemia podría ser un alertamiento no deseado que motive a la comunidad global para atender de fondo la estructura de un nuevo edificio mundial que funcione de manera sustentable para todos.

Sabemos, como dice Octavio Paz, que los gobiernos normalmente no hacen lo que deben hacer, pero como agrega el mismo, a veces la historia los obliga.

II. La circunstancia de México

a) La pandemia de 1918 y la Gran Depresión

En 1918 México venía de una etapa de zozobra política- social con motivo de su movimiento revolucionario de 1910. Habiendo votado su documento constitucional en 1917, como primer resultado de siete años de beligerancia, aún estaba lejos de vivir una normalidad en temas políticos, económicos y sociales. En materia de salud sus condiciones eran deplorables, agravadas por una fuerte epidemia de tifo que sucedió en 1915, por lo que la llegada de la gripe española se incrustó en un momento por demás difícil de la vida nacional.
Cuarentenas, limpieza de vía pública, selección de hospitales, afectaciones al libre tránsito, fueron algunas medidas que en medio de la ignorancia de la enfermedad tomaron las autoridades de la época, las cuales además de carecer de los insumos elementales, tampoco contaban con los recursos económicos para adquirirlos.

La enfermedad en ese momento entró por el país de su origen: Estados Unidos, y se agravó con la llegada de los pasajeros infectados en transporte marítimo por el puerto de Veracruz, lo cual convirtió a México en una de las naciones latinoamericanas con mayor número de víctimas al perder la vida cerca de 400 mil personas.
Los países más afectados fueron aquellas naciones pobres con gran población como la India y China, con más de 10 millones de personas fallecidas; de igual modo que las naciones en guerra como Estados Unidos (675 mil), Inglaterra (250 mil), Francia (400 mil) y Alemania (420 mil).

En México, como en el caso europeo, las consecuencias de la pandemia de 1918 se sumaron a una cadena interminable de flagelos que en ese momento afectaban a la nación. Los daños de la gripe, no obstante, su fuerte impacto social y económico, se confundieron con el millón de bajas que de manera aproximada se produjeron durante la revolución, así como con la hambruna que ya se padecía a causa de ella.

Por otro lado, el periodo 1917-1929, para México fue una etapa de intenso reacomodo político donde desfilaron seis presidentes de la República, al mismo tiempo que se daba inicio la construcción de las primeras líneas institucionales en medio de grandes carencias económicas.

Con apenas 17 millones de habitantes (42%de analfabetismo), la depresión de 1929- 1933 castigó severamente a México. En materia de crecimiento la economía cayó cerca de 20%; debido a ello las principales industrias tuvieron una baja significativa que redundo en mayor desempleo. La minería, por ejemplo, de 90 mil trabajadores disminuyó a 45 mil. El ramo textil de 44 mil puestos de trabajo bajó a 38 mil. Los ferrocarriles de 47 mil empleados a 36 mil. De igual modo, las exportaciones nacionales colapsaron de 274 millones de dólares a 96 millones de dólares durante el periodo. De manera importante, Estados Unidos expulsó a un número aproximado de 300 mil trabajadores mexicanos con motivo de la depresión, lo cual ocasionó problemas económicos y sociales dentro del país. Hubo también caída de salarios reales, de los precios de las materias primas; baja de inversión productiva y una fuerte contracción del mercado interno.

Sin embargo, más allá de las afectaciones políticas, económicas y sociales de esta difícil etapa de la primera mitad del siglo XX, el periodo que inicia a partir de la gran depresión de 1929 también provocó que una generación lúcida de servidores públicos diera inicio al periodo económico más exitoso en la historia de México (1933-1973), en el cual hubo un crecimiento del 6% anual promedio por más de cuatro décadas.

Como toda crisis, los eventos de inicios del siglo XX también ocasionaron nuevos espacios de oportunidad. En ese sentido, las naciones industrializadas, beneficiarias de la Primera Revolución Industrial del siglo XVIII, en el marco de sus diferencias y luchas por el poder incurrieron en una distracción que dio lugar a que una nueva generación de actores económicos se incrustara por primera vez en el sector secundario a través de lo que se conoció como el periodo de industrialización sustitutiva de importaciones (ISI), el cual consistió en la producción y/o substitución de bienes industriales a través de estrategias económicas de fabricación nacional. Al respecto son ampliamente conocidos los éxitos en la materia tanto de Asia del Este como en América Latina, bajo cuya dinámica se produjeron diversos milagros económicos como el sucedido en México y otros países en vías de desarrollo.

A la cadena de quebrantos revolución, pandemia española, depresión de 1929, crisis económica global, etc. El país tuvo el tino de continuar con la construcción de su andamiaje institucional y de manera especial, la sensibilidad de decidir respecto a una estrategia económica ganadora que en ese momento no se dibujaba con claridad. Por el contrario, como ya se dijo, en esos momentos el mundo debatía acremente sobre las mejores prácticas económicas de un futuro que se adivinaba incierto.

Comenta Suárez Dávila, “Uno de los grandes debates económicos de nuestra historia es el celebrado entre los liberales y los Keynesianos desarrollistas. Se inicia a partir de la gran depresión de 1929, en que el ministro Montes de Oca, a través de políticas liberales de equilibrio fiscal profundiza en México la gran caída del ingreso. Como reacción el Ministro de Hacienda Eduardo Suárez, bajo el gobierno de Cárdenas, establece las bases de la estrategia desarrollista, aplicando al mismo tiempo políticas Keynesianas anti cíclicas de corto plazo. El resultado sería el periodo más exitoso de nuestra historia de 1933 a 1973: 40 años de crecimiento al 6% anual”.
Respecto a las herramientas de esta estrategia económica, montada en el marco de las grandes carencias nacionales y retos mundiales, la administración pública de la época no dudo en poner al Desarrollo Económico al centro de esta.

Para lograrlo, de manera enfática incluyó la participación de un Estado activista que se comprometiera con la eficiencia del modelo y con el éxito de sus resultados, de igual modo que supliera las limitaciones del sector privado y del ahorro interno. De manera especial, en este propósito se partía de un claro nacionalismo económico como lo hacían (y lo siguen haciendo) los países que tienen éxito económico en el mundo. El objetivo o palanca central de la estrategia era la implementación de una fuerte política industrial en armonía con los demás sectores. A lo anterior agregaba un alto coeficiente de inversión pública, sobre todo en obras de infraestructura, que fueran el motor del desarrollo del país. Respecto al papel del Banco Central, desde entonces se hablaba de una postura heterodoxa que lo llevara a cuidar tanto la inflación como el crecimiento económico. También, de modo puntual, proponía lo que sería el gran brazo de la política industrial del país, que no era otra cosa que una poderosa Banca de Desarrollo que apuntalara la construcción manufacturera, como a la postre lo fueron Nacional Financiera, el Banco de Comercio Exterior, el Banco de Obras y Servicios Públicos, etc.

Ante los pronósticos y condiciones adversas de las primeras décadas del siglo pasado, México logró encontrar una fórmula política, económica y social de largo aliento que lejos de hundirlo junto a sus carencias postrevolucionarias lo rescataron y le dieron un impulso sustentable de casi medio siglo. De ningún modo fue un periodo perfecto –no podía serlo-pero si la política es el arte de los resultados, sus números económicos y sociales siguen prevaleciendo sobre las críticas de siempre y las cifras de las últimas cuatro décadas.
Estas estrategias pensadas en medio de la crisis mundial y construidas a lo largo de medio siglo, dieron lugar al milagro mexicano, y aunque canceladas en el país en la década de los 80, siguen siendo los axiomas de la política económica industrial de los países que continúan siendo los líderes en crecimiento económico y producción industrial en el mundo, como Alemania y la mayoría de los países de Asia del Este (Japón, Corea, China, Taiwán, Vietnam etc.), representando estos últimos más del 60% del crecimiento económico mundial.
A contraluz, el caso de la insuficiencia económica de México o su estancamiento estabilizador de más de un cuarto de siglo es ampliamente conocido. En lo que se refiere a los países desarrollados que lideraron el capitalismo neoliberal, también el eslogan de Trump “Make America Great Again” resuena desde 2016 en todos los rincones del mundo como una arenga política de recuperación económica e industrial, de nostalgia de lo que pudo hacerse y no se hizo. Macron, a nombre de una buena parte de las economías europeas apunta: “La desindustrialización francesa es una de las causas de nuestra desgracia. Si queremos triunfar, ser justos con los más débiles y mantener nuestro rango de país internacional, solo tenemos un camino: producir en nuestro país y gestar de este modo las condiciones de una nueva prosperidad.”31 En el marco del COVID-19 Macron insiste y recomienda:

“Aunque nuestro mundo sin duda se fragmentará, es indispensable reconstruir una independencia agrícola, sanitaria, industrial y tecnológica francesa… sobre la base del largo plazo y la posibilidad de planificar”.

b) México y el COVID-19

A la fecha que se escribe este ensayo los números de la pandemia no dejan de crecer y todavía resulta difícil pronosticar su impacto integral en el país. En cualquier caso, no es difícil adelantar, como ya se dijo, que su presencia es histórica y sus implicaciones serán profundas y difíciles en todos los ámbitos de la vida global y personal del ser humano.

Como indica el Director General de la Organización Mundial de la Salud Tedros Adhanom “No se equivoquen. Queda un largo camino. Este virus estará con nosotros mucho tiempo. El mundo no puede volver a donde estábamos antes, debe haber una nueva normalidad. Un mundo más sano y mejor preparado”.
A pesar de ello, la enfermedad como tal, al igual que su similar de 1918, en 12 o 24 meses tenderá a ser reducida y administrada ante la aparición de los nuevos fármacos y vacunas que un mundo científico más preparado ya comenzó a investigar. Sin embargo, sus efectos económicos, pero también políticos y sociales, ya hoy preocupantes, se sumarán a un desorden que le precedía y que reclamaba con urgencia una propuesta de solución integral y sustentable. Es claro que el COVID19 no inaugura la crisis económico-política en México, la agrava.

En este sentido, México, al igual que el mundo, enfrenta un reto sistémico que lo obliga a ser eficiente tanto con el impacto multifactorial de la pandemia como con la solución integral de una agenda que no ha sido atenta a la demanda de un tiempo nuevo. Esto lleva al país a afrontar dos retos con particularidades propias, pero cuya solución se teje y se entrelaza a tal punto que la mala gestión de uno incidirá directamente sobre el otro.
La historia, lamentablemente, en México también intenta repetirse como tragedia y como farsa, en medio de rezagos y diferencias políticas y económicas no resueltas.

En el terreno geopolítico, el país acude como testigo y no como actor regional relevante al estreno de una obra que se intenta todos los días desde inicios del siglo y que anda en busca de actores. Al igual que en el pasado, el determinismo norteamericano lo acompaña desde “América para los Americanos” (James Monroe, 1823); la prevalencia de los intereses sobre la solidaridad al amigo o vecino (J.F.Dulles en los años 50s), o la versión moderna del siglo XXI de construir un gran muro, una gran muralla impenetrable entre Estados Unidos y México (Trump, 2019); lo cual se transforma en una amenaza permanente, directa o velada, en pleno choque de civilizaciones.

Los saldos geopolíticos y económicos de su adhesión de 1994 (TLCAN), le han reducido sus siempre escasos márgenes de maniobra para tratar con el hegemón del Norte, quien a pesar de su evidente declinamiento no renuncia a la desaseada administración de sus intereses.

El choque de hegemonías del siglo pasado fue un evento menos intrusivo para México; a fin de cuentas, era una competencia entre países occidentales industrializados donde las naciones periféricas incluso aprovecharon la contienda para reposicionar sus intereses. En el momento actual, el choque de civilizaciones que escenifican China y Estados Unidos36, en pleno proceso, pasa directamente sobre los intereses de México.

Como ejemplo de lo anterior puede señalarse que la matriz de negocio del TLCAN- TMEC está basada en una participación aproximada de 40% de Estados Unidos y Canadá, 40% China y Asia del Este y 20% de México, y su reordenamiento o disolución incide directamente sobre la producción industrial y manufacturera del país.
Este debate geoeconómico reconocido plenamente por Estados Unidos desde la llegada de Trump al poder y vuelto a evidenciar por el impacto producido en las cadenas de producción por el COVID-19, ante la falta de suministro de artículos de primera necesidad, pero peor aún, de medicinas y de bienes para la salud, muy probablemente originará un cambio en los paradigmas de la relocalización industrial e instalación de las cadenas de producción, lo cual brindará a México una ventana de oportunidad para ampliar su producción de manufactura bajo un nuevo impulso integral, moderno y competitivo , el cual se enfoque al mercado nacional y al de América del Norte; pero a partir de ahí arriesgar un salto más ambicioso hacia América Latina, Europa y otras áreas del mundo.

Lo anterior tendría que ser acompañado de una relación sensible con la República Popular China, a semejanza de la que el país construyó con todo éxito, guardadas las dimensiones, en la ecuación México-Cuba- E.E.U.U en los momentos más álgidos de la guerra fría.

En este choque hegemónico de bloques y de países, como en el siglo pasado, México tendría que desplegar su talento para no ser arrollado por dos fuerzas económicas poderosas, dos cosmogonías que no se detendrán hasta solucionar de un modo o de otro sus pretensiones globales, y en esta distracción, México podría encontrar las oportunidades donde pueda reconstruir un nuevo modelo económico para el país.

La Cuarta Revolución Industrial y la tecnología 5G, por ejemplo, podrían ser en este caso el proyecto industrial bandera que en un símil a lo que se operó en la década de los treinta, incorporara a México en la ruta del desarrollo hacia 2050.

También la revolución de conciencias que motiva la pandemia podría generar una buena ocasión para relanzar de manera exitosa y sustentable una estrategia económica que corrija las omisiones de ayer y los negativos resultados económicos y sociales de hoy.

Los pronósticos de la pandemia en México en materia de crecimiento oscilan desde una caída del -0.1% hasta el -9.5%, dependiendo de la fuente, pero es evidente que la llegada del COVID-19 topa con un país que ya arrastraba desde hace más de un cuarto de siglo serias dificultades de crecimiento.

Reencausar el camino económico de ninguna manera es un tema sencillo. Razón de ello es que desde 1994 hasta la actualidad nadie ha querido operar el cambio. Ubicados cómodamente en el confort que brinda el seguimiento de un paradigma occidental, Western Model, siempre ha resultado más fácil limpiar culpas y festejar los limitados éxitos en torno a un diseño exógeno.

No obstante, ante la insatisfacción de todos, empezando como ya se dijo por los países occidentales que cuestionan todos los días un modelo que no se ha traducido en una mejora para los muchos y, al contrario, ha radicalizado el privilegio de los pocos, el debate económico de 1929 y 1945 emerge con gran fuerza. En México este disenso, ante la fuerza de sus números (un crecimiento económico promedio de 2.2% los últimos 30 años; 50% de la población en pobreza, 60% en la informalidad, entre otros) ha revivido el viejo debate entre el liberalismo económico, ahora preponderantemente neoliberal, y las líneas keynesianas y desarrollistas del siglo XXI.

En cuanto a los profundos impactos económicos que a su paso dejará el COVID-19 en el país, antes o después, más oportuno o doloroso, la lección aprendida del siglo pasado será la de aplicar a Keynes, Keynes y más Keynes, tanto para disminuir o evitar la caída de la demanda, el quiebre de negocios, la disminución de los empleos, o relanzar el crecimiento colapsado.

Sin embargo, para desarrollar la respuesta de mediano y largo plazo a que convoca Kissinger y la necesidad nacional, regresar a la inercia económica que prevalecía antes de la pandemia no llevará más que a acelerar el declinamiento de la economía del país, como a multiplicar los niveles de su empobrecimiento.

El impacto de la pandemia, entonces, debería servir para reconocer que los paradigmas económicos han mutado y que cada nación vive el reto de su reinauguración en un tiempo inédito. Que es el momento de pensar también en una política pública no solo para salir de la coyuntura del COVID-19 sino para construir una estrategia para 2030, para 2050. Un proyecto de nación que vuelva al desarrollo económico como su gran prioridad a través de la participación de un Estado responsable que se comprometa con la calidad de sus resultados, tanto en crecimiento como en mejora social y sustentable. Una estrategia que se aleje de los paradogmas y se comprometa con la reciprocidad global; que se permita aprender de las lecciones ganadoras de aquello países que se han adelantado en la traducción exitosa del siglo XXI; que recupere la importancia de la industria, la educación, la ciencia, la tecnología, la energía y que dé prioridad a las nuevas líneas de futuro de la Industria 4.0,Tecnología 5G, y energías renovables, acompañando toda esta estrategia con el gran brazo de una Banca de Desarrollo y una inversión pública honesta y eficiente.

No solo la economía presenta rezagos importantes. La política en México, como en buena parte del mundo, registra un abultado déficit no ya en el avance de su formalización y respeto a sus elecciones; pero si en lo que se refiere a la idoneidad de los actores políticos y en la calidad de sus resultados. La política mexicana ha aprendido a burlar el proceso democrático a través de sus propias reglas, pauperizando la calidad tanto de los actores como de las plataformas políticas que, cumpliendo con la forma, no se comprometen con la problemática nacional ni con su futuro.

Este pragmatismo político que prioriza la forma democrática y no el fondo, desde hace lustros ha dejado de comprometer a una generación de políticos con el progreso de la nación, reciclándose al infinito una y otra vez a pesar de que en el almacén nacional se acumulan año con año una mayor pobreza e informalidad; así como una inquietante inseguridad y corrupción.

Los descomunales retos económicos y sociales que registra hoy la realidad nacional, más los que se están agregando a causa de la pandemia; pero también temas como la inevitabilidad china, la inevitabilidad asiática, la nueva Era del Pacífico39, el fin de la era industrial, la sustitución tecnológica, el desempleo mundial, el fin de la era carbónica, las energías renovables, la explosión demográfica, el envejecimiento de la población, el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, el empoderamiento ciudadano, las ciudades del futuro, la desigualdad económica, la migración, la alta contracción financiera, la Primera Revolución Digital, la salud, entre otros, son retos que demandan de actores políticos y administraciones públicas comprometidas y capacitadas con temas complejos, cuya actuación incidirá más que nunca en el bienestar de millones de nacionales.

Por ello, la aparición del COVID-19, como ya se dijo, opera en primer lugar como una gran luz que descubre en su verdadera dimensión la estatura de una clase política multicolor que acude al fácil recurso de la denostación o a la desviación de culpas para litigar una problemática que no entiende o que en muchos casos no le importa.
De igual modo despoja de todo encubrimiento una larga lista de carencias económicas y sociales del país, que se han venido acumulando impunemente a lo largo de cuatro décadas de un insuficiente proyecto económico y político del cual nadie asume la responsabilidad, pero que tampoco motiva a replantear una estrategia integral y coherente con la suma de lo que el país es y puede ser.

Hoy en día-como indica Innerarity- entender lo que pasa es la tarea más revolucionaria, y resulta más útil que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables. En el marco de la desolación que dejará el COVID-19 a su paso por el país en cualquiera de sus escenarios, sus consecuencias políticas, económicas y sociales sufrirán el efecto de sumarse a un declinamiento estructural de México y del mundo que ya había comenzado antes.

Resta a una nueva generación comprometida de los sectores público, privado, social y académico, asumir con responsabilidad un reto de dimensiones históricas.

Que hay mundos posibles, concluye Innerarity, es la mejor garantía de que el optimismo no es algo injustificado.

III. A manera de conclusión

No queremos volver a la normalidad porque la normalidad es el problema (Dicho popular)

¿Dónde estamos ubicados? ¿Qué haremos después de la pandemia? ¿No haremos nada? ¿Habrá que cambiar todo? ¿De dónde partió este quebranto global y nacional? ¿Cuáles son las alternativas? ¿Servirá la crisis del COVID-19 para generar un cambio?

En realidad, estas y otras preguntas ya formaban parte de la sociedad antes del COVID-19. Ahora, ante la explosión de conciencias que el virus ha provocado en más de siete mil millones de seres humanos, las certezas no llegan , pero la idea cada vez más clara de que algo no anda bien en el vecindario se ha generalizado y esta inquietud, este miedo colectivo a lo que se vive y a lo que se intuye que podría venir, podría ser el mejor resultado de una pandemia que deja como herencia a una sociedad atemorizada, pero al mismo tiempo consciente de que con la normalidad que se vivía no alcanza, y por lo tanto queda sensible al impulso de cambios profundos, externos e internos, sin los cuales el futuro por venir puede ser intolerable o incluso incierto.

El quebranto y la insatisfacción del mundo ya existían antes del COVID-19. Libros, ensayos, quejas, guerras regionales, choques, inequidades, conflictos, etc., desde finales del siglo XX, de manera más urgente o comedida, ya hablaban de un mundo desordenado falto de rumbo; de actores relevantes carentes de ideas de futuro; de líderes globales incompetentes; de modelos económicos agotados y de esquemas democráticos burlados. La sociedad del desencanto no nace con el COVID-19, solo incrementa su insatisfacción y lo viraliza hacia el mundo entero.

Un líder global, Estados Unidos, que se refugia hacia adentro. Una organización mundial (ONU) que vive de manera autista los acontecimientos. Una Organización de Comercio (OMC) que se congeló en 2001. Un Banco y un Fondo (BM y FMI) que perdieron la receta de la estabilidad y el crecimiento. Una organización Mundial para la Salud (OMS) que en medio de la pandemia le quitan el financiamiento económico (USA) y los actores en ascenso lo suplen en parcialidades (China). En resumen, un desorden global caracterizado por la conclusión de un contrato global (Bretton Woods) cuyos actores relevantes (G-20, G- 7, G-2, USA, Europa, China, etc.), en ascenso o declinantes, se niegan a abrir los términos de una agenda donde se concilien los nuevos intereses; al propio tiempo que incluyan los retos y demandas de un nuevo siglo. La agenda es interminable, el COVID-19, con todo su impacto, no será ni el único ni el más importante punto de esta agenda de la primera mitad del siglo XXI.

Por ello la realidad es confusa y nos invita al error: a contar a los infectados y fallecidos mientras los hegemones incrementan las acciones de su posicionamiento; a preguntarnos cuando llegará la vacuna contra el virus, en tanto crece la rivalidad en la nueva Revolución Digital; a pelearnos por las mascarillas y los respiradores, mientras las deudas y los pasivos se incrementan a niveles desbordantes; a ver cuando terminan las cuarentenas, entretanto la economía global cae de un 3 a un 6%, se pierden más de 500 millones de empleos, aumenta la informalidad y asciende la pobreza extrema mundial un 8%, etc. (B.M, FMI,2020).

Paralelo a ello el modelo económico, el Western Model, se desmorona, se desbarata a base de insuficiencias e inequidades; de minorías que se vuelven mayorías pauperizadas a las cuales ya no les alcanza para su pretensión diaria o el progreso de sus ambiciones. Un mercado que engendró un ser económico insaciable ahora ve con espanto su incapacidad para cumplir con la satisfacción de tantos: mientras sus minorías privilegiadas ven con indolente agrado la geométrica acumulación de sus saldos.

Tampoco su modelo político funciona a plenitud. La belleza teórica de la democracia ha tenido que replegarse ante el fracaso de sus resultados. Su proceso, enamorado de la forma y alejado de la realidad, se ha distanciado del cumplimiento de los compromisos y se ha especializado en la disculpa y la postergación de lo ofrecido. La lucha por el poder, en un total abuso de la bondad democrática, ha aprendido a valerse de ella para satisfacer apetitos de todos los colores, en el marco de una corrupción insaciable de todos. La democracia se debilita al enamorarse de sí misma, de sus postulados, de sus procesos, de sus números, etc., aunque para ello haya tenido que sacrificar la idoneidad y la capacidad de sus actores, así como la satisfacción económica y social de sus gobernados.

El COVID -19, en este sentido, descubre los últimos velos de un fracaso global que se niega a reconocerse, postergando al infinito una conversación del mundo con sí mismo sobre el mejor camino de un tiempo difícil.
La pandemia, como una explosión en un campo de batalla, tiene la virtud de provocar la atención momentánea de los actores en conflicto. Su quebranto y luminosidad tendrán el tiempo y la magnitud de lo que dure su estallido. Después de pasado sus últimos reflejos, si el mundo no atiende, ofrecerá el riesgo de regresar a una normalidad rechazada por todos.

El espejo de México se mira en la misma circunstancia. En el reflejo de un país de insuficiencias al cual el virus le remueve sus heridas y le recuerda sus limitaciones; pero que al mismo tiempo le brinda el instante en el cual podría relanzar un nuevo proyecto para todos.

El COVID-19 es una desgracia en materia de salud que está enlutando la vida de millones de seres humanos. Sus secuelas ya son inconmensurables y dolorosas. Su presencia, sin saber exactamente cuándo se resolverá, ya ha generado un cambio en la vida de la comunidad global.

Sin embargo, la normalidad que imperaba en México y en el mundo antes de la pandemia no puede ser, al final de esta, su destino.

Es menester que aparezca, como señala Morin, la nueva vía política, ecológica, económica y social, que sea conducida por un humanismo regenerado.

Queda a los diferentes sectores, al gobierno, a la empresa privada, a la academia, a la sociedad en general, el demostrar en el tiempo histórico que la pandemia de 2020 y sus víctimas no fueron en vano.

file:///C:/Users/patyf/Downloads/VozIndustria-20200518-Vol-08-Num-215-COVID-19-Una-aproximacion-geopolitica.pdf

Publicado en Revista Industria Digital

20 de mayo de 2020

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